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Este texto escrito con motivo del primer curso de Escola Lateral y fue publicado en Escola lateral memoria 2018.

No hay alternativa, la sociedad no existe, solo existen los individuos. Solo son pobres los que quieren serlo.
M.Thatcher

Ya que el mundo adopta un curso delirante,
debemos adoptar sobre él un punto de vista delirante.

Jean Baudrillard

Así empieza Baudrillard su ensayo sobre los fenómenos extremos donde anuncia la fatal metástasis de todos los sistemas, una especie de epidemia en la que se pierde toda referencia a la ley del valor de cambio y el mercado comienza a especular sobre sí mismo, en su forma pura y vacía, sobre su propio alzamiento y declive. Esta especulación desenfrenada que viven los mercados financieros es aplicable a cualquier parcela de la vida cotidiana, tanto es así que el mundo entero vive en una especie de space-opera en la que cada imagen que se produce brilla por un instante en el cielo de la simulación y después desaparece en el vacío del espacio interconectado.

Lo que ha hecho el capitalismo: conquistar el espacio y el tiempo a base de producir deseos.

Hubo un tiempo en el que el paro y la inflación obedecían a procesos de regulación en el crecimiento de una sociedad. Hoy, sin embargo, ya no puede decirse que el crecimiento de un país obedezca a esta causa, ni siquiera que haya una causa y un efecto que expliquen la situación actual. Desde el día en el que Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar en oro, el valor de lo que se produce, incluso la producción misma, flotan en la infoesfera de las divisas y los mercados fiduciarios. Este hecho, que no es más que una liberación del valor en todas sus acepciones, no ha impedido que las cosas dejen de funcionar. Al contrario, la producción continúa en la mejor de sus formas. Hay un meme de Burroughs que ilustra a la perfección el estadio actual en el que nos encontramos.

Comer calidad y cagar cantidad. Esta es la ética de un sistema devorador que no conoce límites. Se habla mucho de decrecimiento, ecología e incluso de regulación por parte de una autoridad moral. Todo esto no hace más que entorpecer el tránsito de las producciones en su libre circulación. Por mucho que le duela a los nacionalistas, la frontera hace ya décadas que no tiene sentido. El modelo de crecimiento actual remite al rizoma botánico de Deleuze, que crece y crece y su extensión no obedece a ninguna jerarquía sino que se extiende a lo ancho del territorio, pudiendo brotar en cualquiera de sus puntos sin importar su posición. Este sistema es, a todas luces, un sistema revolucionario, el problema es que funciona y como máquina es bastante más difícil de parar que cualquier sistema jerárquico hasta la fecha.  Las malas yerbas, los rizomas, son las plantas más resistentes que hay, muchas de ellas crecen en los bordes y se reproducen de las maneras más extrañas: mediante cortes, metamorfosis y líneas de fuga, adquiriendo, la mayor parte de las veces, formas imprevisibles en su modo de crecer y expandirse. Si atendemos a uno de los principios del rizoma, el de conexión y heterogeneidad, enseguida veremos que el rizoma opera por conquista. Y esto es precisamente lo que ha hecho el capitalismo, conquistar el espacio y el tiempo a base de producir deseos.

Cuando Marx afirmaba que si se quería conseguir un aumento de la productividad era necesario acelerar el ritmo de trabajo a través de la intensificación del ritmo de la máquina, esto equivalía a situar el conocimiento por encima de la fuerza física empleada en producirlo. Sin embargo, aunque cada vez se produzca más y mejor, el precio del tiempo empleado para hacerlo se ha vuelto más miserable, en parte debido a que los flujos de información, pese al empeño de algunos por monopolizar y proteger sus derechos, son fácilmente sampleables, de modo que el coste de su reproducción tiende a cero.

Un mundo en el que cada uno puede ser potencialmente productor sin necesidad de mediar con otros parecía el sueño de los trabajadores de la fábrica: autonomía y libertad frente al dominio estatal y autoritario.

Era un momento en el que el tiempo pertenecía a los trabajadores y no a las empresas.

Este sueño nómada no es más que el efecto neoliberal de los movimientos anti-autoritarios que tuvieron lugar en los setenta por parte de los jóvenes obreros al descubrir que no había necesidad de seguir manteniendo ningún tipo de fidelidad a la empresa. Bajo el lema de “lo precario es bello” rechazaron la necesidad de trabajar 8 horas al día durante 5 días a la semana, pudiendo beneficiarse de la posibilidad de entrar y salir de las empresas, trabajando unos meses para después irse de viaje y volver a trabajar otra vez, y así sucesivamente. Obviamente este estilo de vida era posible en unas condiciones de pleno empleo y en un estadio de consumo no tan elevado como el nuestro. Era un momento en el que el tiempo pertenecía a los trabajadores y no a las empresas. Lo que ahora sabemos después de un siglo de lucha es que estos movimientos de emancipación obrera pusieron en marcha un proceso irreversible en el que las empresas integraron para sí la flexibilización del trabajo haciendo que se volviera innecesaria la vieja idea de un salario regular que durase toda la vida. A este hecho hay que sumarle la desregularización de los mercados que a partir de los ochenta entra en la escena mundial gracias a los esfuerzos de gente como Thatcher y Reagan.

Con este cambio, primero, ya no existe ningún ámbito público que acuñe normas, las empresas obtienen el control total de los tiempos y modos de trabajo, y cualquier intento de regulación supone un obstáculo para la libre circulación de la economía. Segundo, la producción se ha complejizado hasta tal punto, que la división en el trabajo no ha hecho más que mermar el tejido social, convirtiendo a los trabajadores en fragmentos que compiten ferozmente por las migajas de tiempo que las empresas les tiran. La consecuencia es clara, la nueva organización del trabajo tras el fanatismo de la economía y la introducción de las nuevas tecnologías en el proceso productivo han ahorrado tiempo y mano de obra, pero también han despersonalizado sus funciones y deslocalizado las formas de producción hacia otros países donde invertir sus fuerzas para seguir ahorrando.

Ante el horror de estar parados, la productividad se ha instaurado como una ideología y ha expropiado el tiempo libre de la forma más perversa posible.

El trabajador global, quiera o no, se ha visto obligado a ceder fragmentos de su tiempo para combinarlos en la red digital de forma puntual y aislada. Este hecho pone fin a la época física en la que trabajar era ser portador de derechos políticos y sociales. El trabajo de esta época se caracteriza porque “no tiene derechos, no tiene ojos, no tiene corazón y no tiene pensamiento” (Bifo, 2003, p.78), casi se diría que vivimos como paralíticos interconectados a través de nuestros computers, trabajamos desde Skype y hacemos el amor a través de las pantallas, en cualquier caso, siempre inmersos en el modo de producción y gestión postfordista. Somos empresas en miniatura que emiten datos de sus vidas, datos y huellas que quién sabe si algún día podrán reportar beneficios económicos. Ante el horror de estar parados, la productividad se ha instaurado como una ideología y ha expropiado el tiempo libre de la forma más perversa posible. Autoemprendimiento, entusiasmo, influencers y no influencers que venden su vida a empresas que trafican con sus datos. Desde esta perspectiva, no queda ni un sólo espacio que no sea explotable a través de la red. El postfordismo se apropia, expropia y captura cualquier resquicio que pueda resultar útil para su crecimiento económico. A cambio nos permite “expresarnos” y es indudable que todo el mundo lo hace.

La precariedad se establece así como la nueva forma de gobierno sobre la que se sustentan los nuevos empleos que el capital ofrece bajo la fuerza del trabajo y codifica la desocupación ante la idea de una posible actividad productiva. ¿Quién no trabaja hoy en día en su apariencia digital? (Groys dice que el diseño de sí mismo es el último estadio del diseño, pronto la genética cuando la cirugía nos aburra). No formar parte del mundo TGIF (Twitter Google Instagram Facebook) significa estar muerto y trabajar en la apariencia digital es trabajar gratis. Pero la gente lo hace con gusto.

Esta precariedad ha de ser entendida como la imposibilidad de producir algo en común. Primero, porque el trabajador ha sido obligado a sobrevivir de forma individual en las mareas oscilantes de los mercados, y segundo, porque la cooperación social, si es que la hay, se ha visto mermada precisamente por esta individuación de los procesos productivos. Se demanda lo que en un tiempo era exclusivo de una minoría (quizás privilegiada): trabajo creativo, flexibilidad y autodeterminación.

Hemos de ganar el pan con el propio sudor
menos mal que aquí en Sevilla la vida tengo ganada
porque con tanto calor sudo aunque no haga nada.
oooh oooh

Silvio y Sacramento

Nadie puede creerse ya aquello de “te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Trabajar hoy en día supone someterse al algoritmo de tener que ser aquello que los grandes monopolios quieren que seas y no sólo eso, sino trabajar a favor de las condiciones que posibilitan nuestra propia esclavitud. Lo moral pasa por trabajar cada vez menos o incluso negarse a hacerlo en un acto de rebeldía a la enajenación que supone tener que sacrificarse personalmente a cambio de un sueldo de mierda. Quizás merezca la pena reactivar el discurso de Lafargue y apostar por el derecho a la pereza, en un intento de malgastar (en el sentido más puramente económico del término gastar) lo que no quieren de nosotros, precisamente el tiempo en el que no se produce nada o en el que uno se niega a tal cosa.   

El ocio, y no el trabajo, será aquello que dignifique a la humanidad.

Hacer esto nos acercaría a la posición que desde marxistas, anarquistas y más tarde aceleracionistas como Srnicek, Bratton y en su vertiente xenofeminista el colectivo Laboria Cuboniks, han tratado de mantener en su deseo de un mundo completamente digitalizado y un futuro sin trabajo en el que sean las máquinas y no las personas quienes mantengan el ritmo en la producción de bienes y servicios. Esto rompería la relación ideológica que se tiene con el trabajo, que desde la explosión de las dotcom no ha hecho más que caer en picado. La cultura del autoempleo está secuestrada por el monopolio de unos cuantos especuladores que juegan a las finanzas. Si algo nos queda después de la sacudida de haber sido excluidos de esta nueva economía, aparte de alistarse en la brigada de trabajadores precarios, (https://precariousworkersbrigade.tumblr.com) es ejercer nuestro derecho a la pereza. El ocio, y no el trabajo, será aquello que dignifique a la humanidad.

Los movimientos de resistencia siempre fueron conservadores, no resistimos por un mundo nuevo, resistimos en nombre de lo pasado. De modo que salvar la austeridad presente comporta un grito de impotencia que no tiene sentido seguir manteniendo. La época dorada del capitalismo ya pasó y ahora que la creatividad está explotada en todas sus formas, lo más creativo se ha vuelto no hacer nada. Esta es la nueva ecología, no producir.

REFERENCIAS:
BAUDRILLARD, Jean: La transparencia del mal. Barcelona : ed. Anagrama, 1991.
BERARDI, Franco Bifo: La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global. Madrid: Traficantes de Sueños, 2003.
LAFARGUE, Paul: El derecho a la pereza. Madrid: ed. Fundamentos, 1974.
SILVIO Y SACRAMENTO: El mito. Ed. Mano Negra Records, 1995.

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